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El precio del arte: ¿Una farsa?

Hace unos días fui a visitar una galería de arte para ofrecer mi obra y poder establecer una relación comercial. Se trata de una galería de arte con más de 30 años de historia, una galería de “prestigio”, situada en una importante ciudad catalana y un referente en esta población.

No mencionaré el nombre de la galería, ni la ciudad, ni a sus propietarios ya que no me gustaría desmerecer su empresa a causa de comentarios que les pudieran perjudicar ; todo el mundo es libre de enfocar su negocio como más le guste siempre que esté dentro de la legalidad y de las buenas prácticas. Sin embargo me gustaría explicar esta experiencia, que por otra parte ya había experimentado, para reflexionar sobre el mundo del arte, las galerías y la especulación que hay en su entorno. Debo decir primeramente que dicha galería tiene una línea muy variada ofreciendo a sus clientes principalmente pintura figurativa y realista de pintores de sólida carrera y prestigio, algunos de los cuales  ya fallecidos; también ofrece el paisajismo y la figura de tintes académicos,  la nueva figuración de tendencia más fauve y expresiva sin dejar de lado, aunque en menor cantidad, la pintura abstracta y el informalismo. Aunque muchas de las obras que hay en dicha galería me resultaron anticuadas o remilgadas, encontré también algunas de mi agrado. En definitiva, una galería con un surtido muy diverso en la que a priori mi obra y mi estilo podían encajar.

Tenía una cita programada con el dueño que gestiona la galería junto a un socio más joven. Tengo que decir ante todo que el trato y la atención que recibí fueron del todo correctas en cuanto a las formas, la puntualidad y la seriedad que creo se merecen los artistas. Llevaba yo una carpeta grande con mis gouaches, bien presentados con el paspartue, protegidos con un acetato transparente y con los precios marcados (craso error que explicaré seguidamente). No llevé conmigo los acrílicos sobre madera, más grandes, que había dejado en el coche pues la ubicación de la galería tenía difícil acceso para aparcar delante y no podía llevar todo en un mismo viaje; decidí irlo a buscar si se prestaba.

Después de presentarme de nuevo al galerista y conversar brevemente sobre mi carrera artística, preferencias estilísticas y también sobre las dificultades que los últimos años de crisis había sufrido el arte, las galerías y los artistas, reflexionamos sobre los motivos y las causas de esta crisis. A continuación pasé a enseñarle mi trabajo. Me dio la impresión, al poco de mirarlos, que no expresaba un gran entusiasmo, que miraba la obra con cierta  parsimonia, con poco detenimiento, como si fuese una rutina  ver la obra de otro artista que intentaba llegar hasta su galería… o quizás alguna cosa de mi trabajo le había decepcionado. Esperando su veredicto me comentó que mi obra se asemejaba a dos artistas, que son de mi agrado, y que están expuestos en esta galería; que este “estilo” o vertiente, sin embargo, ya estaba cubierto en su elenco de artistas. Yo asentí que mi obra ciertamente se encontraba en esta línea neofigurativa expresionista/fauvista pero que sin lugar a dudas era muy diferente de la de mis colegas. Seguidamente me dio otra razón que me desconcertó en un principio: “Es difícil vender esta obra, con estos precios no haremos nada”. Resultaba que mis precios eran demasiado bajos, no podía venderme obra a este precio; me argumentó que sus clientes compraban aquellas obras que tenían un precio más alto, que de esta manera  creían que la obra era mejor; incluso me puso un ejemplo: “Si ponemosla obra de “fulanito” que vale 3000 euros (uno de los pintores que me gustaban de su galería)  junto a la tuya que no llega  los 1000 € el cliente se quedará la más cara. Es así, piensan que es mejor porque vale más dinero”. A pesar de mi desconcierto inicial le comenté que este razonamiento me parecía muy triste y decepcionante, que era una lástima que los clientes no pudiesen valorar una obra por su contenido más que por su precio. El mismo galerista me dio la razón: “Sí, es muy triste pero desgraciadamente es así”. Además añadió que con estos precios bajos era más difícil que pudiesen salir los números y las ganancias para la galería. Le dije que estos eran mis precios, que obviamente había que añadir el coste de los marcos y algo más de impuestos pero que esta era mi cotización y no podía subirla de la noche a la mañana. A pesar de mis intentonas continuó diciendo que resultaban demasiado baratos. Después enseñó las obras a su socio pero ambos eran de la misma opinión. Les dije, en un último intento, que los cuadros acrílicos tenían un precio superior por su mayor tamaño y soporte, que podía ir a buscarlos al coche si los querían ver, pero a pesar de mis ofrecimientos continuaron en plan derrotista y seguidamente no insistí más.

Obviamente puedo pensar que mi obra no les gustó y que estas razones fueron una excusa para deshacerse de mi (no descarto esta posibilidad), pero analizando la situación de manera objetiva comprobé que los precios de los cuadros que colgaban en las paredes de esta galería eran de 3 a 5 veces superiores a los míos. Además, observando los cuadros,  muchos de ellos de dudosa calidad artística, pude corroborar casi con seguridad que efectivamente yo no encajaba allí por mis precios. Acabada la reunión con el galerista  pasamos por la sala de la exposición temporal que en aquel momento estaba expuesta, se trataba de una muestra de cuadros realistas, algo “carrinclones” a mi juicio, cuya temática era tan repetitiva que mirando un cuadro habías visto todos. Había algunos pocos vendidos, uno de ellos con un precio muy alto. Quedé perplejo.  

Todo ello me lleva a reflexionar de nuevo sobre el arte y el grave deterioro y especulación que está sufriendo desde hace  muchos lustros. Recuerdo que este galerista me dijo que muchas de las exposiciones que organizaba no le gustaban nada pero tenía que vender y esta pintura comercial era la que le pedía el público (o su público, diria yo). Algo en mi interior me decía que esto iba en contra del sentido común… ¿Y ética profesional? – me preguntaba yo- ¿No debería ser un galerista un buscador de talentos y apostar por un artista en el que creyese con convicción? ¿Acaso el arte en su estado más puro no podía ser también rentable? ¿No son las galerías las que podrían educar y aconsejar con buen criterio a los posibles aficionados al arte? ¿No estaremos confundiendo con estas cifras la buena fe del aficionado al arte? Puedo entender que un galerista opte como una de las políticas de empresa que los precios sean uno de los criterios a seguir, pero no puedo asimilar que no sea la calidad de la obra la que prevalezca sobre los precios. Creo que de esta forma excluyes la posibilidad de que un cliente con un criterio propio, que no se deja embaucar por el precio, pueda optar por una obra de menor precio que simplemente le gusta más e incluso le parece de mayor valor artístico. Además, si la obra es más asequible quizás la ganancia sea menor para la galería pero cabe la posibilidad de que el número de ventas de la obra de este artista, “más barato”, sean superiores a la del artista que se autocotiza más alto ¿Acaso no puede haber en una misma galería artistas con diferentes cotizaciones? Pienso que sí, al igual que ocurre en cualquier comercio como por ejemplo la venta de coches, la ropa de vestir o el surtido de platos en un restaurante. El precio no hace la cosa, la calidad se debería medir por otros criterios más profundos y auténticos.  Sería motivo de otro artículo muy extenso  debatir sobre los abusivos precios del arte y la especulación en un nivel “no terrenal”. Sobre estos temas de cifras astronómicas el crítico de arte  Joan Gil Gregorio nos iluminó hace unos días en la Galería Artemisia.  No cabe duda que actualmente la especulación es otro de los muchos factores que están contribuyendo a la decadencia del arte y a su desconocimiento.

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