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La belleza en el arte

«Alta costura 04 Transporte” de la exposición «La bestia y el soberano»

No sé si tenéis noticia de la la polémica surgida hace unos meses debido a la negativa de los comisarios a retirar la obra «Alta costura 04 Transporte”, de la exposición titulada «La bestia y el soberano», que llevó a la cancelación de la exposición ya montada del MACBA (Museu de arte contemporáneo de Barcelona). La obra de la austriaca Ines Doujak y el británico John Barker, representa al rey Juan Carlos I montado por una mujer de trazos indígenas, inspirada en la líder obrera y feminista boliviana Domitila Barrios, que a su vez parece sodomizada por un perro. La polémica estaba servida.

No voy a debatir sobre si fue o no pertinente la cancelación de la exposición. Me limitaré a decir que son los directivos los que deben ponerse de acuerdo previamente con los comisarios la elección de las obras, y a mi juicio deberían anteponer la calidad de éstas antes que su contenido político.
 
A raíz de esta polémica apareció recientemente un artículo publicado en la revista digital «Núvol», publicación catalana de
carácter cultural, escrito por su director Bernat Puigtobella. El artículo en cuestión críticaba dicha obra además de la política seguida por el museo en cuanto a la elección de las obras, eventos, exposiciones y concretamente argumentaba sobre la elección del nuevo director de dicho museo.
 
Algunos comentarios del artículo, en el que se debatía la belleza en el arte, me llevó a replicar y a hacer algunas reflexiones que os transcribo (en castellano) a continuación:
 
Sinceramente creo que estáis llevando el debate a una visión demasiado intelectual de la que precisamente el arte tendría que huir; quizás, a mi parecer, es el campo idóneo y muy abonado que necesita el arte vanguardista y transgresor (obviamente me refiero a las excentricidades sin ningún tipo de contenido estético ni formal) para poder sobrevivir: llenarnos la cabeza de «conceptos» para justificar lo que nuestros ojos, nuestro intelecto y nuestra alma no pueden comprender ni disfrutar.
 
La verdad, no comparto como se dice en un comentario, que «apelar a la autonomía del artista y a la no intervención del pensamiento externo (el comisario, el pensador…) es volver a poner al artista como sacerdote cosa que afortunadamente ya lo hemos eliminado». Me entristece que la autonomía del artista haya quedado eliminada. El artista no es un sacerdote (parece demagógico decir esto), el artista es un pensador de imágenes que ha aprendido un oficio del cual intenta vivir. Cómo cualquier otro oficio no necesita la «intervención del pensamiento externo» para crear su obra, él la hace de manera independiente a este pensamiento externo, lo que digan después de su obra se escapa de él y de su creación. Quién tiene el «sacerdocio» para eliminar la autonomía de su obra?
 

Creo que cuando Bernat Puigtobella habla de la belleza, quizás me equivoco, no se refiere a la belleza física de los objetos ni a los estereotipos que puede tener este concepto, como tampoco a la belleza clásica (con endecasílabos) sino a la belleza como un concepto abstracto y más amplio en el cual está incluido tanto lo bonito, que nos puede dar placer y satisfacción, como lo feo, que nos puede transmitir rechazo (contemplar algunas pinturas de Kirchner, Nolde o incluso Picasso para darnos cuenta que lo desagradable puede volverse belleza). Un cuadro no necesariamente tienen que ser bello en el sentido convencional. La belleza de una obra de arte radica en provocar emociones. El artista debe transmitir estas emociones al espectador, pero no solo a través de la descripción (sea bella o no) sino a través del ritmo, del equilibrio y la armonía, al igual que se hace con la música. Lo importante de la belleza del arte radica al percibir su armonía estética, su creatividad, la belleza de lo «feo» en cuanto a su finalidad plástica, en definitiva el buen gusto entendido en el sentido plástico.  El gran Gauguin cuando enseñaba a sus alumnos ya lo decía: «No esperen que los corrija directamente -refiriéndose a los errores del dibujo y del color- sino faltas de arte, de mal gusto…» Obviamente la percepción que cada uno tiene es subjetiva, pero existen unas pautas intrísecas intuitivas en nuestra alma que nos avisa de aquello que no produce rechazo sensorial, no descriptivo. ¿Esto quiere decir que todos tenemos este don dentro de nuestra alma? Rotundamente no, el buen gusto y el sentido de la belleza plástica se pueden educar como se puede educar la el oído por la música, por la literatura o por cualquier vertiente artística; es un trabajo que hay que hacer y persistir. Sin duda existen auténticos buenos críticos, «pensadores y comisarios» que nos pueden abrir los ojos al buen arte pero pero para disfrutar de él no es primordial entenderlo. Picasso lo expresaba con esta pregunta: «¿Por qué tratas de entender el arte? ¿Tratas de entender la canción de un pájaro?». El buen arte se siente, se ama, toca nuestra fibra interior, se escucha cómo se escucha la buena música y según la sensibilidad de cada persona se aprecia y se disfruta de manera diferente, pero nadie tiene que hacer “literatura”, hacer que nos guste mediante la palabra aquello que no nos llega a nuestro corazón a través de la vista.

 

Autorretrato, soldado y puta (1915). Ernst Ludwig Kirchner

 

Máscara Naturaleza Muerta III (1911). Emil Nolde

 

The Weeping Woman, 1937. Pablo Picasso

 

En cuanto al tema de los niños y su aprecio por el arte pasa lo mismo, y quizás todavía más evidente, puesto que éstos no estan contaminados por el aprendizaje y la «literatura» que nos han inculcado a los adultos. Ellos aman y se divierten con aquello que contiene esta «belleza» a la que me refiero. No hace falta un parque temático para los niños, si los adultos disfrutan del buen arte llevaran a sus hijos a ver buen arte.

Quizás mi creencia se acerca al romanticismo más clásico y podría parecer que estoy en contra de la evolución del arte, es lo contrario, el arte tiene que estar siempre en proceso de evolución, de contemporaneidad y de creatividad pero también lleno de «belleza» y de coherencia. Ya lo decía el gran maestro Francisco de Goya: «La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos imposibles. Unida a ella, en cambio, es la madre del arte y fuente de sus deseos.»

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